viernes, 7 de agosto de 2009

¿Por qué Rozitchner es tan pelotudo?

Hay momentos en la vida que son mágicos, metafísicos, que en una milésima de segundo la mente multiplica su velocidad, se agudizan los sentidos y el aire llega mas profundamente a los pulmones. En esa ráfaga de oxígeno uno siente que encontró una explicación a algo que se venía preguntando. “Ah, ¿esto era?” –suena lejanamente en algún rincón que está detrás de nuestros ojos pero nos parece tan remoto como un monte nevado en el Nepal, el único país con una bandera en triángulos por cierto, siempre me pareció una curiosidad. Lo del Nepal lo digo a propósito: no soy budista ni religioso siquiera, pero dicen los budistas zen que la mayoría de los maestros zen despertaron ante el gesto mas sencillo, ante la manifestación mas simple de la naturaleza. En fin, no sé si los maestros zen fueron tales, ni tampoco sé si todo este chamullo no es un poco exagerado para lo que voy a escribir, pero bueh, ya está, ya lo escribí-.


La cuestión es que unos días atrás, creo que el viernes pasado, venía con mi novia para casa desde Villa Domínico. Eran poco menos de las 8, según creo. En el 247, iluminado por adentro con luces pequeñitas y tenues –la verdad que las lucesitas esas quedan lindas en los bondi a la noche, dan sensación de calidez– sonaba de fondo la radio con Ari Paluch. Una señora, de mediana edad, subió con un libro. Creo que se llamaba “Emociones tóxicas”, de un tal Osho. Amagué a comentar “entre la radio y el libro con el que subió la mina, que mal vamos”, pero me callé. No me callé por pudor o por miedo de que alguien me escuchara y me puteara. Me callé porque había ruido, porque estaba cansado, me guardé el pensamiento. ¡Ah, prejuicioso de mierda! ¿Cómo puedo opinar de un libro que no leí? ¿Cómo puedo opinar, por ejemplo, del libro de Aguinis si no lo leí? Bueno, no leería un libro de Cavallo para saber lo que Cavallo tiene para decirme. Caparrós tiene un dejo de intelectualoide de café que mis prejuicios no me dejan deglutir –cosa loca, puede pasar en un zurdo como Caparrós pero también en un liberal como Fernando Iglesias, los dos me causan igual rechazo-, pero le reconozco el heroísmo de haber agarrado el libro de Aguinis y haberle dado plata a Aguinis comprándolo, yo no me atrevería. De prejuicioso nomás pero… ¡es que tengo tanto para leer todavía! Reconozco que soy un ignorante, precisamente por eso trato de priorizar algunas cosas sobre otras en ese sentido, tengo muchos libros para leer antes del de Marcos Aguinis.

Y porque soy prejuicioso siempre me burlé de un libro que jamás había leído. Y que puedo decir que no leí, al menos por ahora.
A ver... para darle un marco: yo soy de ir a hacer compras y el Coto de Sarandí es -o fué- un clásico para nosotros. En el patio de comidas una buena meriendita se consigue a precio accesible y sirve para charlar, despejarse y ganar algo de energía a la hora de encarar las góndolas –aunque, la verdad, está mas barato Wal Mart–, y en las góndolas está lo que no puede faltar en cualquier hipermercado del conurbano o Capital, o supermercado en la Costa Atlántica en su defecto: fideos favorita, galletitas terrabusi y libros “best-seller”. Seguro que Coto Sarandí debe tener ejemplares de “¡Pobre Patría Mía!” a cagarse. Que se cague, igual yo hace rato que no voy a Coto.

Pero entre los libros de Osho –que todavía no se quien es– hay uno que no es de Osho pero que resalta por el nombre: “Padre Rico, Padre Pobre”.

Una vuelta un amigo me dijo “leí el libro Padre Rico, Padre Pobre, muy bueno, te explica por que la gente pierde plata y…” sarasa, ni me acuerdo. Pero pontificaba con ese libro el muchacho. Está bien, la gente tiene que ser feliz, no es que yo sea un jodido. Igual para adentro sabía que era una pelotudez, porque soy prejuicioso. Porque no puedo saber algo que no sé, es de puro fanfarrón que lo catalogo.

Y dicho y hecho: creo que es una pelotudez. Me bastó leer 20 páginas –de Internet, nunca lo compraría– para saber cosas tan importantes como que si pensás como pobre vas a ser pobre, pero si pensas como rico vas a ser rico, que un padre sin plata pero pensamiento de rico llegará a ser rico tarde o temprano y que un padre con plata pero pensamiento de pobre indefectiblemente se volverá pobre y trabajará para mantener al Estado. En esas páginas se denotaba una terrible obsesión con los impuestos: ¿Por qué tengo pagar mis impuestos? ¿Por qué tengo que mantener al Gobierno (ni siquiera hablaba de Estado en el libro, hablaba de Gobierno como si fuese lo mismo) con mi dinero que me gano trabajando?
Ojo, nada de marxismo, no se vayan a confundir. El problema está en la plata que le damos al Gobierno, no al empleador, eso no se toca ni se dice, plusvalía caca caca.

En el prólogo, el hijo le decía a la madre que no quería estudiar, ella se sentía acongojada y le recomendaba que lo hiciera para poder vivir bien, pero el niño–inteligente el, con cara de cancherito y desbordando sabiduría– le decía a la madre que ella no sabía nada de la vida, que Michael Jordan ganaba mucho mas dinero que ella, que en el mundo actual ya no era necesario estudiar para ganar dinero.

Porque estudiamos para ganar plata. “¿No sabías, boludo?”, parece decirme el pibe con la boquita torcida a un costado, con cara de Montenegro.

La pucha… ¿Cómo no caí antes?
De golpe, me cayó la ficha. En un segundo, padre rico, padre pobre, Osho, emociones tóxicas, Ari Paluch, el bondi. ¿Cómo llegamos a esto? ¿Cómo un libro como éste estuvo tanto tiempo en las góndolas y yo fui tan pelotudo y arrogante como para ignorarlo? ¿Cómo pudo estar todo este tiempo eso escrito ahí y yo creyéndome que era la hora de tirarme en la hamaca paraguaya?

Lo que pasa es que el pibe tiene razón, el pibe la tiene mas clara que todos nosotros. El pibe ese tiene una virtud que pocos tienen en el mundo, 40 millones formalmente pero muchos menos a la hora de los bifes. El pibe ese es argento. Y es tan argento que además de torcer la boca te arregla los problemas del país en quince minutos en una charla de café. “¿Qué es eso de que el Gobierno te esté cagando los impuestos, gilastrún? Aprendé a constituír tu patrimonio de modo que pagues lo menos posible, vos batí que te interesan los pobres y que sarasa, doná un par de pesos, pero hacela gilún que el mundo es para los vivos.”
El pibe ese sabe que si te chorean –el lo sabe, creeme, el sabe que te chorean– vos tenés que chorearlos mas a ellos, de guapo que sos nomás. Y si los repuestos del auto están caros, “es por culpa del Gobierno, a mi no me miren loco, yo no maté a nadie. Yo soy patriota, como Marcos Aguinis, y repito la frase de Belgrano porque la patria me duele, porque me importa el país, porque me pongo loco cuándo la selección pierde una final con los negros brasileros, porque ser segundo me rompe las pelotas, porque yo quiero torcer la boca a distancia y decirle al mundo que somos los mas grandes en algo, ganando la final de la Copa América, exportando soja, en algo loco.
Pero el Gobierno nos jode la vida, nos saca lo poco que tenemos. Yo soy pobre viejo, soy pobre, ¿entendés? Me rompo el culo laburando de la mañana a la noche para que una conchuda se la pase viajando por Europa. ¿Sabés como me gustaría viajar por Europa a mi?”.

Al pibe le hacen de todo. El pibe tiene una vida jodida, no sólo el Gobierno le saca todo lo que tiene, encima de todo emocionalmente su vida es un calvario. Tuvo una novia en primer grado que lo dejó, una turra la piba, como todas las mujeres –menos mi vieja–. Y desde entonces se dio cuenta de que el mundo es como la selva, que los leones hambrientos están dispuestos a correrte hasta el infinito, dónde se pierde el sol al atardecer, y que te van a destripar en caliente, comiéndote las vísceras con el morro enrojecido de sangre. “Y la gente es así, creeme, la gente es así.” dice el pibe.

Por eso escucha a Ari, que comparte su indignación y su fé en la autosuperación, como Aguinis, su político de cabecera (aunque no sea "político", si es que eso existe, pero él no lo sabe). Por eso el pendejo lee a Osho, porque necesita liberarse de emociones tóxicas, de la gente tóxica, prender un sahumerio y olvidarse del laburo que ya viene pronto, en unas horas, la cama caliente se transforma en una silla fría con un café humeante que preanuncia una tragedia sin fín.
Al pibe le gusta ver a Rial, aunque no sabe bien por que. Suele obsesionarse con los demás, con lo que piensan, con sus cuestiones privadas, es capaz de conjeturar acerca de sus pensamientos, les atribuye virtudes y defectos que jamás pudo comprobar, pero que el sabe que existen. Cuándo ve el programa de Rial generalmente termina enojado, algo alterado, suele sentirse identificado demasiadas veces y toma partido con facilidad, llora, se irrita. A veces putea a la propia vieja.

Pero el pibe se siente adulto, grande, maduro. Superado. Superado es la palabra. El pibe tuerce la boca y mira a la madre por encima, con un gesto de superioridad. Se hace gigante.
Le da lecciones de vida, le bate la justa.

El pibe sabe que hay un solo camino, que no existe mas que lo natural, lo que “es así”. Pero sobre todo, sabe que lo mas importante es la franqueza, hablar crudamente, ironizar la mayor parte del tiempo o directamente decir la verdad –porque el está convencido de que hay una verdad, sólo una– con franqueza, con honestidad, con total seguridad y sin remordimientos, enseñarles a los demás lo que aprendió, lo que leyó de Osho. Ahora es emocionalmente fuerte, sabe de economía porque vió a Michael Jordan haciendo un gancho cielo y de política, porque lo sigue a Aguinis a todos lados.

El padre una vez le dijo que era un pendejo caprichoso y le nalgueó el culo entre llantos dramáticos y entrecortados, gemidos de una pena tan inmensa, tan infinita como fingida.
Y los vecinos, azorados, llamaron a la policía.



Fuentes:

Imágen:
https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhY93ui6YzGVqLah9-uryLPxXDNZKhXNIERJXUCDS82BIJRXChHbSBEFs-_6WqIG10FDdAKjd2hqXuvTnMvB60r3nGv9V7WBAFR6Z9TDYc_oXCijnJu1b-NrJCvpgbRXn8Xgrjk51UdXuXt/s227/robert.bmp

Rozitchner superstar:
http://www.youtube.com/watch?v=6GjdXLwkhNg
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