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viernes, 12 de febrero de 2010

Eso


El televisor hervía como una caldera que desprendía radiación beta en todas las direcciones de la habitación. Tras los ojos resecados, Gustavo sentía una intensa incomodidad, ardía por dentro mientras se obligaba a contener la necesidad de salir a gritar algo, por más estúpido que fuera.
La primera regla era que ahora todos eran libres. La segunda, que no debía nadie recordar o hacer recordar el nombre, ni los símbolos, siquiera los vestigios que contuvieran algo de eso que había pasado.
“Eso”.
Por supuesto que uno era libre de no suscribir a la segunda regla, porque todos eran libres. Pero también eran libres las manos de los titiriteros, los que aceitaban y ponían en funcionamiento la máquina para que echara a rodar correctamente. Con el tiempo todo fue desarmado, desmoronado y rearmado a medida. Las leyes laborales también apelaban a la libertad: la libertad de contratar y de echar, la libertad de elegir un trabajo o cambiarlo. O no trabajar. La libertad de imponer el horario de trabajo, las horas, el salario –ah si, claro, también la libertad de pedir un mejor salario por parte del trabajador–.
Gustavo ya casi no sabía lo que era dormir. Ejercía su libertad de buscar información entre la chatarra y la desolación. Miles de colores de publicidades largas y fastidiosas le gritaban en la cara, aparentando una discusión delirante que se escuchaba desde la calle, dónde los hombres eran libres de caminar por dónde quisieran, de robar si quisieran y la policía de matarlos o torturarlos, si quisiera. Todo se balanceaba naturalmente, si algo entendían ahora los nuevos hombres y las nuevas mujeres era que nada, jamás, debía interceder en su derecho de elegirlo todo.
“Muchas horas de trabajo”, pensaba Gustavo. Lo repetía en su cabeza, pero a medida que se lo repetía a si mismo iba perdiendo significado. A lo lejos sonaba la bocina de un barco. “El puerto”. Otra carga. Una cada hora. Las mercancías salían libremente hacia dónde las pagaban mejor. Todos eran libres de producir y comerciar sin la menor intervención. Todos podían decidir los precios de sus mercancías y, a la vez, todos podían decidir si pagar o no ese precio.
-¡Festejemos estos siete años de libertad! ¡Brindamos para usted el mejor servicio con todo nuestro cariño! ¡Ponemos lo mejor de nosotros, porque somos como usted! –gritaba un estridente y festivo corto publicitario que, libremente, los dueños del canal decidían poner al aire.
Gustavo prendió un cigarrillo y miró por la ventana. Las casas estaban ya muertas, en cenizas, esperando que el sol reavivara las llamas y encendiera millones de lamparitas que compensaran la tibieza de sus rayos de madrugada. Apagó el televisor un momento y escuchó cantar a los grillos. Se preguntó por que los grillos cantaban con tal sincronía. Se sintió tonto. Esbozó una sonrisa infantil. Su incomodidad por momentos se hacía enorme, y el tiempo se le escurría de las manos, todas las noches, cada una de las noches. No había tiempo para escuchar a los grillos ni mirar por las ventanas.
El humo le recordó que sus ojos estaban enrojecidos. Aunque no podía verlos, podía sentirlos. Con gran torpeza se levantó de la silla aplastada por la carga de su cuerpo y comenzó a revisar los armarios y cajones de la casa. Se golpeó varias veces. Se enfureció más tras cada impacto. Por el aire volaban, como papelitos que reciben a un equipo de fútbol un caluroso y soleado día de domingo, decenas de folletos y volantes, miles de frases de publicidad “Compre nuestra pizza, la mejor”, “Prestamos dinero fácil”, “Confíe en nuestro servicio”, “Sabemos lo que usted necesita porque estuvimos allí”… colores y mas colores, y mas papeles. Gustavo entró en un estado de cólera incontenible, arrojó al suelo la mesa de luz y revolvió histéricamente los papeles que se desparramaron en un arco iris, gritando como un demente. Los gritos y los ruidos adelantaron el trabajo del sol, y algunas lámparas se encendieron en el vacío de la noche fría como la muerte.
Sobre el piso yacía un papel opaco, desgastado por los años y teñido de un pálido color amarillo, que escondía un tenue, casi imperceptible juego de líneas verdes horizontales. Un sonido alegre invadió la casa una vez, y luego otra y dos veces más. Seguidamente, la puerta comenzó a ladrar, cada vez más fuerte.
En el papel, Gustavo leyó:

GUSTAVO F. MIGUEZ Importe: 168 pesos Telefonía del Estado.

Un grupo de tres policías derrumbaron la puerta, haciendo ejercicio pleno de su libertad. El hombre permaneció petrificado mirando aquel viejo papel.
Los policías ingresaron lentamente, preguntando si había alguien en la casa, pero no hubo respuesta alguna. Advirtieron el desorden y se dirigieron cuidadosamente a la habitación desde dónde brotaba una pequeña orilla de papeles coloridos.
Gustavo oyó que los pasos se acercaban.
-Esto –dijo, sin quitar sus ojos del papel– ¿Qué es esto?
-¿Qué es que, señor? ¿está todo bien? –preguntó uno de los policías, mientras los otros asomaban las cabezas por sobre el hombro del primer uniformado.
-Esto… –dijo señalando el papel con el dedo índice de su mano derecha– el “Estado”.



Fuentes:

Imagen
http://biblialiberal.files.wordpress.com/2008/12/por-la-obscuridad.jpg

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domingo, 13 de diciembre de 2009

Poniéndose en la piel de un comentarista de La Nación

Les recomiendo leer éste genial cuento del turco Osvaldo Tangir, lo copié con su permiso porque me parece que no tiene desperdicio.


Como a Chauchescu

Frente a la pc, echa una última mirada de compromiso a los números del balance. En toda la mañana no pudo concentrarse; la pasó escribiendo y tachando esa letra inútil que debieran sacar del abecedario. “Con la q alcanza”, sonríe.
Como otras veces, se queda en la oficina a leer algún diario digital. En lugar de almorzar prefiere estar al tanto de los acontecimientos. A muchos no les importa lo que está pasando, o directamente les paga el gobierno para hablar bien de los K, como esos blogs que a veces encuentra en internet. ¡Si lo sabrá! Pero no es ése su caso. El tiene opinión propia y como le gusta decir: será feliz el día que los ahorquen “como a Chauchescu”, o como se llame ese otro asesino…
Va al buscador y elige www.perfil.com.ar, un muy buen medio para saber la verdad. Al paso de las noticias –cómo hacen caja, la corrupción, los negociados, Antonini, la derrota que sufrieron en diputados- va sintiendo un escozor, una especie de zozobra indefinible, que se le vuelve excitación al llegar el análisis de Nelson Castro.
Lo que hasta recién era un vago reclamo físico, que se diluye con sólo reacomodarse en el asiento, se convierte en urgencia. La columna de Castro no tiene nada especial, pero deja de juguetear con el mouse y clava sus ojos en ella, fosforescente tras el cristal líquido de la pantalla. Y como al llamado de una fuerza superior, mete su mano derecha por debajo y comienza a masturbarse despacito, casi sin premeditación.
La lectura un poco entrecortada, la mano invisible bajo el escritorio que acompaña rítmicamente el flujo de la información, le disparan imágenes y voces que, como instantáneas del deseo, cruzan tras de sus ojos: ¡la Noche del Gran Cacerolazo!; la Gente aunada en su indignación al grito de ”¡Que se vayan” desde los balcones de Otamendi y Rivadavia o cantando el Himno en la mítica esquina de Santa Fe y Callao; la Plaza de Mayo llena, adonde nunca llegó porque antes cayeron D’Elía y su patota. Momentos épicos que le arrebolan la sangre y vaya a saber por qué, empiezan a retumbarle bajo la piel hasta convertirse en esta compulsión arrebatadora. Una vez le pasó en la esquina de French y Azcuénaga; allí vio a una pareja de fox terriers con escarapelas en el collar, igualitas a la del hombre que los paseaba. Eran los días finales de la histórica 125. Por suerte, a metros de allí había un bar.
Mientras se sacude, se concentra en una foto. A esta hora hay poca gente, casi nadie en el piso. Y cada quien se ocupa de lo suyo. Un sudor imperceptible le perla la frente al mirar una vez más el rostro extraviado. Seguro es esquizofrénico , como dicen. Se pasa la lengua intentando humedecer los labios secos y un poco afiebrados; la detestable cara de pájaro loco le provoca repulsión y aun le hace evocar su voz chillona, siempre mezclada con saliva. “Ahora se quiere hacer el bueno. Pero está loco”. Los hechos lo confirman.
Poco le importa ya si alguien se acerca al escritorio; sabe que en la oficina a algunos les pasa lo mismo. Lo descubre en el brillo de algunas miradas, lo escucha todos los días en el ascensor. Ahora se frota sin inhibición, con mayor vivacidad, mucho más cuando comienzan a desfilar ante sus ojos las frases de CarlosSM, la iguanapop, elgorila55 o los varios Anónimo que expresan su bronca en los comentarios a la nota. Nunca bajan de cincuenta. Y eso le provoca más adrenalina. Siente que forma una fraternidad única. Cuando postea algo -su nick es ContraKK - o manda esas cadenas de correos que siempre termina con un contundente “¡TERMINEMOS CON LA DICTADURA KK!”-, se da cuenta de que es parte de una red. ¡Eso!, una red gigantesca en la que todos sienten y hacen lo mismo.
La mano va y viene con frenesí. Seguro que al que escribe “¡Maten a todos los montoneros!” y que firma 30000fueronpocos le pasa lo mismo, lo intuye. Además, le causa gracia el nombre. Una sensación oceánica le invade definitivamente el pensamiento –o como se llame esa marejada de imágenes que le acelera el pulso y la respiración hasta el éxtasis- cuando la piensa a Ella, tan vívida… Parece que estuviera allí, con su Vuitton, sus retoques, las manos acomodando el micrófono y esa desfachatez que le da creerse la cocacola en el desierto. No puede dejar de pensarla…
La detesta como a nadie. Cada día más si eso fuera posible. Y esa comprobación le fascina. Ella, tan sobradora al hablar con los periodistas; ¡Ella y su sombrero ridículo justo para visitar a Su Santidad! La gente debiera salir a las calles y decirle basta a su soberbia de maestrita, ¡subversiva sabelotodo que quiere enseñarnos a vivir como si fuéramos Venezuela! ¡Hay que terminar con Ella y sus ganas de parecerse a la Otra: que reparte miguitas del botín con los viejos, con los vagos que viven de los planes, con sus hijos que ya son como ellos y no tiene otro destino más que el paco! ¡Hay que acabar con la muy Kretina, rodeada de sindicalistas y negros y zurdos! ¡Ella ahí, usurpando un lugar que no le pertenece! ¡Se va a acabar la dictadura de los K! De una maldita vez. Acabar.
Repentinamente la pantalla se oscurece. El modo de reposo de la pc le borra la foto de K y esa nota de Nelson Castro que ya no leerá. La luminosidad artificial de la oficina acentúa el vacío y el silencio. Mientras su respiración recobra el ritmo normal y en la casilla de hotmail se acumulan los correos que convocan a otro cacerolazo definitivo que los derrumbe como a Chauchescu, un sentimiento de grandeza va ganándole el corazón. Y piensa con orgullo que el final está ahí nomás, al alcance de su mano.
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jueves, 19 de noviembre de 2009

La polilla brillante, espeluznante*

(*Si bien no tiene nada que ver con la temática que usualmente tiene el blog, hace rato tenía la idea de postear algunos viejos cuentos para sacarme las ganas de lo que no sabía como hacer hace unos años cuándo no conocía los blogs, es decir, publicar cuentos bien "amateurs" que solía escribir. Este es un cuento de ciencia ficción que escribí, fácil, hace 6 o 7 años y realmente cuándo lo releí me di cuenta de que la redacción era pésima, así que tuve que modificarlo bastante).


La polilla metálica, brillante, volaba por sobre las cabezas de los androides que vivían en la casa de la manzana KR, ángulo 345°, en el noroeste de la provincia de Catamarca en lo que alguna vez se conoció como Antofagasta de la Sierra. Un calor de mil demonios hervía las moléculas del aire, el termómetro marcaba sesenta y tres grados centígrados y los androides se rascaban y se despegaban las húmedas remeras del pecho.

Pero la polilla estaba ahí, para molestar aún mas.

Es que a ellos les había tocado ahora, lamentablemente la polilla les había tocado a ellos.

Molesto, uno de ellos -el mayor, un hombre modelo G32-W- se levantó con objeto de acabar con ella, tomó entre sus manos la paleta automática y apuntó hacia el insecto, pero éste evitó los impactos sonoros y hasta voló victorioso, haciendo piruetas sobre su cabeza. Ante la burla poco simpática de la polilla, un segundo androide, el hermafrodita llamado Luz, de color verde y ojos grandes y amarillos, golpeó la mesa con furia y alzo un gruñido al cielo. Era un viejo modelo G21-W, de aquellos que ya no se construían hacía décadas, tanto que si quedaban veinte o treinta ejemplares en el mundo, era pura coincidencia.
Se dirigió súbitamente y de mala manera hacia el primer androide.
-Juan I, acabá con ese puto insecto antes de que me canse.
-¿Que pensás que intento? ¿Justo a nosotros nos tenia que tocar?
Entonces, en vista de que el insecto podría causar un conflicto absurdo, intervino el último androide de la casa, otro hermafrodita modelo H02-Z, un moderno espécimen clonado no hacia mas de un mes que había sido enviado a la zona para tareas de detección y exterminación de animales salvajes.
Tenia un gorro andrajoso de felpa color marrón y fumaba una pipa de platino. Mientras, se inyectaba algo de metanol medicinal, ya que poseía el mal de Munch (que atacaba a la piel y los circuitos internos). Se incorporó de un sacudón y tiró un manotazo al aire. Logro golpear a la polilla, pero a pesar de ello, esta salió ilesa y volvió a festejar su triunfo, ahora emitiendo un chillido, “bzzzzz”, como hacían las viejas cámaras de fotos para rebobinar o los grabadores.

El problema era que la polilla se había instalado allí, y seguiría allí por los próximos diez años si no hacían algo para evitarlo. Tomaron la decisión de probar el veneno ácido, que usaban para exterminar a los insectos que aun existían.
Los insectos tal y como habían sido miles y miles de años atrás seguían reproduciéndose y las especies no habían sufrido ninguna alteración. Los seres humanos técnicamente habían desaparecido y de las especies animales, las que quedaban habían mutado lo suficiente gracias a la manipulación genética.
Pero a diferencia de los insectos comunes, ésta polilla era una artificial. De hecho, el insecto no era exactamente una polilla.

El molesto animal voló y voló y el veneno no hizo mas que marearlo un poco, pero se compuso y hasta se metió en el armario para comer. ¿La ropa?, no exactamente, sino todo papel o archivo que pudiera encontrar.
Pues sí, la polilla era un agente secreto. La polilla comía todo lo que encontraba que pudiera poseer información y lo reportaba a quien lo tuviera que reportar. En este caso podía ser la CIA, o algún grupo de narcotraficantes de GGSO, en Mercurio.
¡Ah, Mercurio! El pequeño planeta se había transformado en un lugar de perdición absoluta, no mucho peor que la Tierra, pero lo suficientemente alejado de ser el mundo ideal. Si el mundo ideal nunca había existido, era ahora el momento de decretar que jamás existiría.

El tercer androide, Judas, pateo un sillón, enojado y elevó un grito al cielo. Miró fijamente a la polilla, que se hallaba parada sobre un perchero y miró luego al suelo. Se dirigió hacia el equipo de sonido, coloco un disco de Marilyn Manson y se sentó pesadamente sin perder de vista al bicho.
Juan I, que se había sentado a comer unos fideos -que por cierto estaban fríos- miro al insecto y luego con muy mal genio se dirigió a Judas:
-Te dije que no me banco esa música, loco. Apagá esa basura.
-No apago nada –desafió el hermafrodita.
Juan I, se levantó y se dirigió hacia el equipo. Lo apagó y cuando se dió vuelta para volver a su plato, Judas lo estaba apuntando con un Remington 2D. Comprendió que debía dejarlo encendido. Judas estaba realmente enfurecido.
Tomo el rifle y apuntó al bicho, que se había posado en el perchero y parecía no querer moverse de allí. Luego emitió una débil risa socarrona y bajo el rifle.
Luz, que estaba tendido en un sillón de la antigua casa, se había dormido. Eran ya las tres y doce minutos de la madrugada.

La casa era de madera, la puerta tenia un mosquitero roto y las ventanas estaban, las dos del frente, quebradas. Había dos habitaciones y un baño que no había sido aseado hacía al menos cinco o seis años. La casa en sí era una mugre y estaba llena de bichos y polvo. Se hallaba en el medio del desierto, en lo que era hoy un pequeño pueblo casi fantasma. Era similar a lo que habían sido milenios atrás los pueblos del lejano oeste. De hecho, estos androides eran usualmente algo así como los viejos "cowboys". Andaban con sombreros, rifles y pistolas, se dedicaban al juego y los negocios ilegales y eran perseguidos por la ley. En particular estos tres subsistían gracias a la granja de vacas, que clonaban a diario. Pero era un trabajo que dejaba bastante poco dinero, porque ya todo el mundo lo practicaba y la tecnología había hecho caer la actividad artesanal notablemente, además de que el pueblo hacía años había virtualmente desaparecido.
El negocio que mas funcionaba por esos días eran las fabricas de ordenadores cuánticos. De hecho la maldita polilla estaba conformada en base a la informática cuántica. Y en este momento, que estaba haciendo la digestión, estaba procesando los libros y cartas que se había comido y enviándolos hacia quien sabe que organización. Podría ser una fuerza estatal o internacional o una compañía que quería hacer una investigación de mercado. ¡Si hasta las etiquetas de las latas de comida se comería! Y lo haría por diez o mas años sin que se pudieran librar de ella. Sería muy difícil, cada día que pasaba la polilla se hacía mas fuerte, se adaptaba mejor.

Cuándo el reloj marcó las cinco, los tres se durmieron, aunque Judas no logró mantenerse mucho tiempo desactivado y buceando en las fantasías oníricas. Había quedado con la cabeza fija en aquella maldita polilla. A un "cowboy" no le gustaba que le estuvieran encima todo el tiempo. No era el insecto en sí, puesto que vivía entre toda clase de ellos, era el hecho de ser, digamos, perseguido por alguien que ni siquiera sabían quien era, y con quien deberían convivir por años.

Pasaron así, casi como calcados, los días. Meses. Tres años intentando eliminar o al menos alejar al maldito bicho, que ya era casi un compañero mas de la casa, que ya formaba parte de ella y su vida cotidiana.
Ya habían intentado todo: veneno, miles de formas de aplastar al objeto brillante, burbujas de atrapar, tapiar los muebles. Nada parecía hacerle daño, y si era por los muebles, entraba igual, quien sabe como. Los androides no estaban para comprender esas tecnologías.

El verano de ese año llego a su punto extremo: setenta y ocho grados centígrados esa tarde; se abanicaban con viejas revistas y diarios, se acostaban pero no lograban dormir la siesta debido al pegajoso y molesto calor de ese tremendo día.
No había mucho para hacer, mas que pensar como evitar que la porquería brillante y zumbadora siga carcomiendo los libros, revistas y todo papel que tuvieran guardado, sin olvidar todo lo que estuviese archivado en las viejas computadoras. El bicho se posaba en el gabinete cilíndrico y emitía una luz roja mientras succionaba de a poco la información que la máquina poseía en sus unidades de almacenamiento.
-¡Condenado bicho malnacido! -Balbuceaba a cada momento Juan I, mientras miraba con odio a la polilla brillante, espeluznante. La polilla zumbaba por los aires satisfecha de haber tragado toda esa información que estarían utilizando para algo de lo que probablemente nunca se enterarían. Eso era lo peor de todo.
Juan I prendió el equipo de música y coloco un UMD -ultra mini disk- con unos temas de la época. Pasaron dos o tres horas escuchando esa música llena de alaridos y rasgueos ásperos de una guitarra eléctrica desafinada, agotados de no hacer nada por el calor agobiante.
Comenzó a nublarse, entonces. Dos horas y media después, aproximadamente, se desencadeno una tormenta importante, con vientos bastante fuertes, que sin la capacidad de presentar demasiada resistencia, entraban en la casa como lo había hecho la polilla ya años atrás. Aunque, realmente, a nadie le disgusto que esto pasara, pues en parte calmaba el calor insoportable que habían vivido ese verano y los últimos tres veranos de su vida. ¡La primer lluvia en tres años! Esta bien que en invierno no hacia calor, mas bien todo lo contrario, hacía un frío espantoso que en ocasiones podía fragilizar el esqueleto de los androides y causarles ciertas lesiones internas. Pero una lluvia en verano era espectacular en ese momento, cualquiera la hubiese deseado.
El viento zumbaba y hacia de acompañante al zumbido intermitente de la maldita polilla, la polilla espeluznante.
Juan I dijo a sus compañeros:
-Oiganme. ¿Y que tal si salimos de la casa veinte minutos? Es posible que si no advierte a nadie en la casa considere que esta abandonada y se vaya. Debemos aprovechar ahora porque si salimos en otro momento nos vamos a cocinar.
-Es interesante la idea. -dijo Luz- Antes que no probar nada...
-Es una estupidez. -dijo ahora Judas, en un tono bastante despectivo-.
-Entonces sigamos con la polilla adentro -replicó fingiendo indiferencia Juan I-.
-Bueh, antes que nada... -ahora decía Judas, admitiendo hacia su interior que quizá la idea no era tan mala después de todo-.
Los tres salieron. Sacaron las sillas a la puerta cuando el viento se había calmado y la lluvia era ya una leve llovizna. El Sol era potente, pero el viento leve que persistía hacía que el clima fuese perfecto. Digamos, una sensación térmica de veinte grados aproximadamente. Pusieron las sillas frente a la puerta de la casa, que permanecía abierta de par en par -digamos que cuando estaba cerrada no era muy diferente- y observaron detenidamente a la polilla.
Esta buscaba todos los rincones, feliz de devorar la información de la casa pulgosa en la que habitaba desde hacia tres años, pero no parecía con ganas de irse. Inclusive, parecía mas excitada. Judas miro mal a Juan I y no le dijo nada. Volvió la vista a la polilla y gruño fastidiosamente. Permanecieron sentados allí casi toda la tarde, unas tres horas o algo mas.
A la noche, cenaron cada uno una pata cruda de vaca -era casi lo único que comían- y se fueron a acostar bastante mas reconfortados por la adorable tormenta de aquella tarde pero enojados y exhaustos por no poder acabar con esa polilla y cansados de vivir de esa forma, presionados por ese maldito insecto.

Pasaron dos días, hasta que a Luz se le ocurrió una idea.
La ocultó al principio, le pareció algo absurda. Además si a el le parecía absurda, a sus compañeros también les parecería absurda y no le harían ningún caso. Luz era el mas tímido e indeciso de los tres androides y hasta se podría decir que realmente le deba vergüenza expresar la idea que se le había ocurrido.
Se levanto esa mañana luego de meditar su plan y se preparo para esperar a los distribuidores que traerían algunas provisiones de la ciudad y se llevarían a cambio algo de carne de vacas y algunas hortalizas transgénicas que preparaban en la huerta de al lado de la casa. Sus amigos aún estaban dormidos.
Al cabo de media hora, llego el imponente camión. Era como una especie de platillo volador, con tres ruedas, una al frente y dos detrás, mas o menos de unos 20 metros de diámetro. Como esperaba, le trajeron las provisiones y se llevaron las vacas.
-¿Puedo hacerte una pregunta? -dijo el robot que manejaba el vehículo.
-Por supuesto -respondió amablemente Luz.
-¿Por qué últimamente me devolvés las latas y los envases sin etiqueta? ¿Algún mañoso en tu casa?
-No, no. Es que tenemos la polilla.
-Uy, Dios, ¡creeme que yo se lo que es eso! Mi madre la tuvo en la casa quince años. Todavía no se recuperó totalmente de la experiencia, suele ver polillas por todos lados y mas de una vez recibí un golpe o una lluvia de veneno en la cara… bueno tengo que irme porque estoy muy atrasado con los pedidos -dijo el robot dorado dejando sin chance de réplica a Luz mientras se subía al camión-.
-¡Hasta luego! -respondió Luz elevando la mano débilmente-.

Se dirigió al baño y se afeito la barba y las axilas. Se lavo un poco la cara y se recostó en una silla junto a la mesa luego de tomar una cerveza de la heladera. Se sirvió un vaso y lo bebió lentamente volviendo a pensar en su idea delirante.
Cuando los muchachos se levantaron -primero lo hizo Juan I y luego Judas- prepararon por fin una buena comida: unos huevos fritos y un bife de vaca a la plancha y comieron plácidamente, tomando a la par grandes cantidades de cerveza y gaseosa.
Eran entonces las tres de la tarde. Luz miro de reojo a sus compañeros y dijo débilmente, para quebrar el silencio:
-Muchachos...
Juan I y Judas ni se mosquearon. Entonces se decidió a hablar con voz mas firme:
-Tengo una idea para acabar con la polilla.
-Ja, no me digas... Ya ni me importa esa basura -dijo Juan I, groseramente-.
-¡Dejalo hablar, boludo! -atacó sin muchos modales Judas-.
-Simplemente alguno de nosotros debe mirarla fijamente y pedirle por favor que se apague.
-No cuentes conmigo -dijo, sin pensar demasiado la propuesta, Juan I-.
-Es una estupidez -dijo Judas mostrando en sus labios una leve sonrisa- pero… teniendo en cuenta que no tenemos muchas opciones y que hicimos caso a mas de una tonta idea de Juan I, yo acepto. ¡Y vos también lo vas a hacer! -dijo dirigiéndose a Juan I-.
-Ya dije que no me importa ese bicho. No acepto.
-Ok, andate a la mierda. -Dijo ahora enojado, Luz-.

Se dirigieron hacia el perchero, donde se había posado la polilla. Ya se había habituado a quedarse ahí, y caminaba sobre una percha de madera mientras zumbaba horriblemente.
Luz la miró fijamente y le dijo: -Por favor, andate.
La polilla se quedo quieta un instante, como si las palabras hubiesen surtido efecto. Pero luego siguió caminando y husmeando el perchero en busca de mas información.
Entonces Juan I se echo a reír fanfarrón y descreído. -Es una tontería –dijo-.
Judas, que no pensaba que la idea era la mejor del mundo, igualmente se acercó a la polilla y le dijo exactamente lo mismo; o casi:
-Andate de acá, por favor.
La polilla siguió caminando sobre el perchero como si nada hubiese ocurrido. De hecho, salió volando y dio una pequeña vuelta en el aire antes de volver a posarse en otra percha.
-Decile "por favor" -le dijo Luz a Judas-.
-Uf, la madre que lo pa... -bufó- Por favor, ¿tendrías la amabilidad de irte? -dijo sarcásticamente-.
La polilla se detuvo un momento, pero al rato siguió como si nada. Esperaron un minuto, pero nada cambió. La polilla seguía tal cual.

Toda la tarde, Luz estuvo rompiendose la cabeza pensando como podrían librarse de ella. De hecho, no era ni mas ni menos que lo que habían estado haciendo los tres androides los últimos tres años de su existencia.

Llegó la noche y todos se dispusieron a cenar. No cenarían vaca esa noche, sino una sopa de espárragos. Habían llegado las provisiones y tenían ganas de cambiar un poco.
La polilla estaba muy alterada y molesta esa noche. Juan I se levanto para ir al baño y la polilla lo siguió. Se lavó las manos con el lavador automático y vió que la polilla se le venía encima y le zumbaba en el oído. Manoteó un par de veces, maldiciendo.
-¡Andate de acá bicho de mierda! ¡Salí de acá!
Pero la polilla estaba obstinada en molestarlo.
-Por favor ¿podés irte de acá? -Dijo algo alterado, antes de lanzar un puñetazo al aire-.
Y la polilla se fue.

El metálico insecto voló hacia el perchero y quedó como contemplando a los dos androides que tomaban su sopa y bebían su cerveza. Permaneció inmóvil unos segundos y emitió un sonido estridente, como el de una vieja radio a todo volumen:
-Felicitaciones señores, ganaron el premio de "El desafío de la polilla brillante". En una semana les enviaremos los pasajes para viajar al Caribe con todos los gastos pagos y depositaremos su premio de ¡un millón de pesos! Auspicia…

Luz y Judas se miraron sin comprender demasiado la situación. La polilla voló unos segundos y cayo en el plato de Juan I.
Juan I se sentó a la mesa con sus manos limpias, tomó la cuchara, miró su plato dispuesto a tomar su sopa y luego de dibujar una extraña una mueca con su boca, exclamó malhumorado:
-¡Hay una polilla en mi sopa!, una polilla brillante, espeluznante...


Fuentes:

Imágen:
http://agobeta.googlepages.com/Robotcowboy.jpg/Robotcowboy-full.jpg
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jueves, 24 de septiembre de 2009

El bar


El murmullo de la radio invadía el boliche del "flaco". Algunos gritos de truco y ruidos de vasos, pesados, de vidrio grueso y ámbar, golpeando sobre la mesa desentonaban con las noticias que musicalmente eran anunciadas.
Las puertas del bar se entreabrieron, y como una sombra entró el "barba", que hizo suya una de las mesas. Arrastró la silla, que chilló como siempre, y se sentó pesadamente acompañando el ritual con el gesto predecible de los dedos separados por una moneda invisible de cincuenta centavos.

-Un cortado -dijo en voz alta y clara-. Al rato, casi como si estuviera preparado de antemano, "Raulito", el hijo del "flaco" acercaba lo pedido.
En un instante, como si una ráfaga acompañara al "barba" hasta la silla, la radio se ahogó en una especie de efecto doppler mal parido. La única luz en el bar era ahora la del moribundo sol del atardecer, que hacía roja la piel de los muchachos.

-La puta madre -atinó a decir uno de los jugadores, en una frase que se perdía en el vacío del silencio. Una pausa.

-¡Que país de mierda! Y esta conchuda todavía boludeando por yanquilandia -exclamó el "flaco", que estaba pelado, y algo viejo ya a los ojos del "barba".

-Que viejo estas che -le dijo- no te reconozco tan cabrón.

-Y no sé... será que no pagás la luz, que se yo -contestó con poco disimulada ironía el "flaco".

-Ah, encima de viejo te pusiste boludo -dijo lentamente, mientras miraba el café- ¿Me querés decir cuál es tu problema? Se cortó la luz, dejate de joder. Ya va a volver, quedate tranquilo.

-Pasa que pago los impuestos, barba. Pago los impuestos y éste país está cada vez peor. ¿Que te pasa? ¿Te volviste oficialista ahora? -cuestionó con cara de enojo y la mano levantada haciéndose una punta en la yema de los dedos, en señal inquisidora.

-Que se yo -dijo el "barba" entre sorbos, mientras se desparramaba en la silla-. Por ahí si. Y capaz me pagan también -le respondió irónicamente y volviendo al café mientras su mirada se perdía, como intentando acabar con algo que sentía que hacía años que lo atozigaba. Quizá siglos. Se escuchó alguna puteada en voz baja.

-Debe ser eh. Porque yo tengo las bolas llenas -le contestó el "flaco", que ya tenía dificultades para ocultar su enojo e indignación, y acomodaba las cucharitas y los cubiertos nerviosamente, entre ruidos de metales y vajilla.
Un breve silencio parecía decretar el final de la discusión. Pero el diablo, que es jodido y comunista, metió la cola y desparramó la quietud de la tarde.

-¿Te acordás cuándo cerraste el bar? -replicó al silencio el "barba".

-¿Que decís? -respondió frunciendo el entrecejo el "flaco"- ¿Por qué no te dejás de joder Augusto? ¿me hacés el favor?

-¿Te acordás, o no te acordás? -insistió.

-Nooo, claro. Te acordás vos y no me voy a acordar yo de mi propio laburo. Me acuerdo. Y me adelanto: fué con De la Rúa. Y me vuelvo a adelantar: reabrí con Kirchner. Dale, ¿a ver? ahora sermoneame sobre lo bueno que es este hijo de puta del tuerto.

-Ciertamente, podría sermonearte comparando algunas cosas de antes y de hoy -dijo con la mirada perdida- pero no te importaría y sería al pedo. No iba a eso, creeme -volvió su mirada hacia la barra, dónde el "flaco" esperaba una respuesta-. Me acordé de eso, porque me acordé de vos en esos años. Un día, vos me dijiste algo así: "el tipo éste, Kirchner, va a quedar en la historia como el mejor presidente argentino". ¿Te acordás? Hacía poco lo habías votado, hasta te habías quedado caliente por no poder votarlo en el ballotage contra el turco, cuándo se bajó. La verdad que me sorprende verte tan distinto, porque vos lo apoyabas casi fervorosamente cuándo yo mismo, ahora oficialista de mierda, lo criticaba en algunas cosas inclusive. ¡Como te cambia el tiempo! -exclamó, riendo socarronamente.

-Repito: ¿que te dieron estos tipos para que estés tan oficialista? ¡Yo estoy harto de que me afanen, viejo! ¿Entendés o no entendés?

-¿En serio? ¡A la pelota, te venís a dar cuenta ahora, a los sesenta y siete años! Mira que las pasamos eh. Te doy una noticia, si estos te afanan, el turco no te hizo el bombo porque sos macho. A veces parece que varios se olvidaron ya. ¿Y quién va a cambiar todo ésto, che? ¿El colorado De Narváez? Por tu bien, espero que tengas bien guardados los bonos de La Berlinesa, o los patacones que te quedaron. Yo no tengo tanta suerte, lo que me queda son los recibos viejos de docente, de cuándo cobraba sesenta y ocho mangos.

-Anda a cagar loco, parece que vivieras en otro país. ¿Te enteraste de la pobreza que hay, de la inflación que nos oculta el INDEC? ¿Soy loco o vivo en otro país? ¿No ves las noticias? -exclamó el "flaco" con las cejas arqueadas y los brazos levantados con las palmas hacia arriba, meneando la cabeza lentamente en busca de aprobación. Nadie tenía intención de meterse en la discusión, aunque todos esperaban expectantes el desarrollo de la contienda.

-Va a llegar un tipo nuevo que te va a liberar del nuevo monstruo, flaco, no te preocupes. Y lo vas a putear igual que a éste cuándo salga de la crisálida. Eso sí, para entonces ya vas a tener a otro héroe esperando en la cola, paseandose por la tele y posando para fotos, quizá para quedarse con tus ahorros o para devaluar el peso. -El "barba" apoyó la tasa vacía sobre la mesa, dejando huérfano al plato en la que se apoyaba, y el ruido, como un martillazo, pareció dar la sentencia final- Que loco che... ahora que lo pienso, cuándo fué la hiper, vos negabas los saqueos, decías que no eran pobres, que era gente mandada. Y cuándo fué lo del "corralito", te recuerdo puteando a Cavallo porque tenías diez lucas verdes en el banco, no por la flexibilización laboral durante el menemismo, ni la desnutrición en Tucumán. Y me hablás de la pobreza... Chau flaco, nos vemos. -dijo casi cordialmente, mientras tiraba desganado los cinco pesos sobre la mesa, sin esperar el vuelto a cambio. Las puertas se menearon, el "barba" salió dejando entrar el viento fresco.

-Ay, ay, ay... -exclamó el flaco simulando indignación, mientras limpiaba con un trapo la mesa que había sido del "barba". El silencio se adueñó del lugar y la radio se despertó del letargo, sobresaltando a todos y anunciando la llegada de la luz eléctrica. Las caras se hacían indistinguibles ante la tenue luz de la tarde que exhalaba sus últimos suspiros.
El "flaco" se levantó para iluminar el lugar. Volvió al mostrador desde dónde prendió el televisor, que estaba en el mismo canal (exitoso) de siempre, y como siempre, con el sonido muy bajito. Los jugadores volvieron a lo suyo, aunque ya no gritaban. Parecían precalentar para volver a entrar en el ritmo del juego. En una esquina del bar, un tipo gordo tomaba una cerveza en silencio, y al mismo tiempo fumaba un cigarrillo.
En la confitería de la esquina, la luz volvía y traía con ellos también la TV, que traía el mismo programa exitoso. También la clínica de la vuelta. Y también, mañana, el banco amanecería con la luz iluminando las paredes y las pupilas ante el televisor reflejando la misma imágen en el mas solemne y aterrador silencio. Usualmente, los comensales no mejoraban la digestión con la tele. Tampoco los pacientes se sentían mejor, ni era mas amena la espera. Ni tampoco en el banco, dónde, por cierto, no era mas placentero hacer trámites, ni esperar el pago de la jubilación.
En la pantalla, una placa se apoderaba de las miradas: LEY K. INTENTAN AMORDAZAR A LA PRENSA.

-Hijos de puta... -murmuró el "flaco"-, nos quieren sacar lo único que nos queda. ¡Y todavía este boludo los defiende!


Fuentes:

Imágen:
http://3.bp.blogspot.com/_4xQ3Vt6xdDs/R9CBVtyKHlI/AAAAAAAAAbo/UrEsnomVc-8/s400/Bar+capmesino..JPG
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